La historia del pecado

 

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Ad portas de iniciar nuestro quinceavo año, la humildad nos dice que  tenemos muchísimo  por aprender y demasiadas cosas por hacer.  La soberbia, en cambio, nos dice que fuimos los pioneros del barrio y que haciendo gala de nuestra originalidad y creatividad, logramos el éxito tan esquivo para muchos.

Nuestra historia se inició en nuestras mentes allá por los años noventa, cuando el otrora taller de muebles de la familia decidió mudarse y terminó concretándose años después.

A inicios del 2001, visitamos cuanto restaurante se cruzaba  en nuestro camino, buscábamos virtudes que copiar y pecados para erradicar. Pecados encontramos muchos y eso aumentó nuestra ilusión, pues trabajando en ellos, estaría  nuestra diferenciación y mejor carta de presentación.

Empezamos por crear una marca original, de fácil recordación, lúdica, temática, que invite al juego, que nos permita decir cosas.  En el mercado prácticamente no había algo así.

– Pescado se parece a pecado. De repente deberíamos ir por ahí. –

– Que se llame “Pescados Capitales” – dijimos finalmente.

El nombre era perfecto y dejó la mesa servida para terminar de redondear el concepto.  El concepto vendría de la oposición entre las virtudes y los pecados, de la necesidad de ambos para existir, como el yin y el yang, una suerte de opuestos complementarios. En nuestro recorrido culinario nos habíamos dado cuenta de que existían dos grandes grupos de restaurantes. Por un lado estaban los huariques, amoblados sencillamente, con aire informal y que, dependiendo de la calidad, podían ser muy concurridos.  Por el otro, estaban los restaurantes finos y de ambiente elegante.  Pescados Capitales buscaría ser una combinación de ambos conceptos. Su comida coquetearía con lo gourmet sin llegar a serlo estrictamente, usaríamos los mejores insumos y la atención cobraría una nueva dimensión; sin embargo se debería conservar el espíritu sencillo e informal, con mesas y sillas de madera, techo de bambú en la terraza y servilletas de papel en la mesa. Sería un lugar donde los opuestos se reconcilien y así todos puedan sentirse cómodos.

Creada la marca nos enfocamos en los pecados encontrados. Hablando exclusivamente de cebicherías (restaurantes de pescados y mariscos en Perú), nuestro rubro, observamos que las cartas eran muy reducidas, muy pocos platos en contraposición a nuestro enorme y rico mar.  Los clásicos cebiche, jalea, arroz con mariscos, parihuela, unos cuantos más y la carta ya se había terminado.  El espacio para la creatividad y nuevas propuestas era enorme.

Otro de los pecados identificados era el manejo de los tiempos.  En una mesa de varias personas nadie comía al mismo tiempo o quizás entre las entradas y los fondos pasaban interminables minutos.  No es fácil conseguirlo y vaya que lo sabemos, nosotros  buscamos procesos para resolverlo y hoy por hoy, no podríamos decir que siempre lo logramos, pero en un 97% de las mesas atendidas sí.

Por último, muy común en esos tiempos, los mozos adolecían de conocimiento y manejo adecuado de su trabajo.  Tardamos unos años en poder asegurar que habíamos logrado cambiar el servicio, creamos una escuela donde formamos y capacitamos a nuestros mozos y con ello pasaron de ser simples “toma pedidos” a “asesores gastronómicos”.

Hoy en pleno 2016, muchas cosas han pasado y muchas cosas han cambiado. Recordamos cómo en la década de 1990, la Av. La Mar donde nos encontramos, era una zona industrial de color gris, llena de talleres de mecánica, ferreterías y tiendas de abarrotes. La pista tenía innumerables baches, las paredes estaban pintarrajeadas y los vecinos trataban en lo posible de no caminar solos por allí durante la noche. No era un lugar seguro para vivir y mucho menos para poner un restaurante como el pensado, sin embargo lo hicimos.

Cuando mi suegra preguntó aquella lejana vez

“¿Qué hacemos con el terreno?”

La respuesta llegó de los propios limeños, por ese gustito por la comida de aventura, esa que nos obligaba a estar siempre buscando huariques caletas, esos que “sólo pocos conocen” y donde el riesgo o dificultad para llegar es un ingrediente más de los ricos platos que ahí se preparan.

Un 27 de diciembre del año 2001, abrimos el restaurante con la esperanza que funcionara y pueda sobrevivir.  Ese día entró una sola persona, comió un cebiche y se fue.  Fue duro, difícil, fuimos creciendo poco a poco, pero pasado el séptimo mes, como una cábala, empezó a llenarse, y se convirtió en un infierno con sabor a edén.

No olvidar que además nos “clonamos” e inauguramos nuestro segundo local en Chacarilla en el 2012, crece muy rápido y comienza a narrar su propia historia (ya se la contaremos en otra nota).

Sí pues, la soberbia nos dice que ahora la avenida  La Mar en Miraflores es un corredor gastronómico, que Gastón Acurio y otros más nos siguieron, que hay modernos edificios de oficinas repletos de gente golosa a la cual seguir tentando, que el diseño se ha plegado a la gastronomía abriendo tiendas en varias cuadras y que un ex cuartel vecino amenaza con convertirse en la zona más exclusiva de Lima. Pero la humildad nos dice también, que algunos cambios nos llaman, que nada está dicho y que la pereza y la avaricia deben quedar a un lado, pues hay mucho por hacer y ese será nuestro compromiso.